Política Nacional del Libro y la Lectura. Una ruidosa espera en la que abundan pataletas

Política Nacional del Libro y la Lectura.
Una ruidosa espera en la que abundan pataletas

Para el mes de enero esperábamos con anhelo la presentación de la nueva Política Nacional del Libro y la Lectura (PNLL), la que es parte del programa de la presidenta. Ya el año 2006, en el primer gobierno de Michelle Bachelet, fue aprobada una primera versión, lamentablemente ésta no fue implementada y quedó en el cajón de las buenas intenciones.

En la última campaña presidencial, Editores de Chile, junto a la Cámara del Libro y Editores de la Furia le enviamos una carta a todos los candidatos insistiendo sobre la importancia y transversalidad del libro y la lectura en buena parte de los desafíos que el país tiene: “Elevar la calidad de la educación, reducir los índices de desigualdad, terminar con la extrema pobreza, lograr una mayor participación ciudadana y fortalecer la democracia… son temas que se vinculan estrechamente con los niveles de comprensión lectora de los chilenos, con el desarrollo de sus capacidades para ser sujetos activos de la sociedad de la cual son partes”.

Primero fue desde El Mercurio y La Tercera. Ahora último desde The Clinic, donde Pablo Dittborn expresa nuevamente su ira visceral, vilipendiando, una vez más, a todos quienes trabajan por la construcción de propuestas concretas que aborden el tema del libro y la lectura desde sus diversos ámbitos, sin reducirlo sólo a la “lectura”. ¿Por qué Dittborn hará sentir su estertorea rabieta? Entendemos que haya hecho muy suyo el afán de hacer crecer la cantidad de “consumidores de libro” pero imaginamos que él bien sabe que el consumo no necesariamente significa lectura, que para construir la sociedad del conocimiento es necesario ocuparse del qué se lee, cómo se lee y desde dónde se lee.

Solicitamos, en esa oportunidad, incluir en el programa presidencial de los candidatos la actualización e implementación de la PNLL, lo que acogió favorablemente la presidenta. Cuando asumió su cargo la nueva Secretaria Ejecutiva del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, Regina Rodríguez, con notable liderazgo invitó a todos los actores del mundo del libro y la lectura a discutir y elaborar la política, a través de un dinámico proceso participativo que reunió a cientos de participantes a través del país. En Santiago, luego de un primer encuentro ampliado en la Biblioteca de Santiago en julio del año pasado, se constituyeron seis “mesas del libro” en torno a los principales ejes de trabajo, las que después de varias reuniones de trabajo presentaron sus conclusiones en una plenaria abierta el 15 de octubre pasado.

En base a estas conclusiones, una comisión del Consejo del Libro y la Lectura redactó la propuesta final de la PNLL que fue aprobada por el Consejo de la Cultura. Como se pretendía, la PNLL es una propuesta sistémica que aborda toda la cadena del libro y la lectura, buscando, a través de diversas medidas, “dar pasos significativos en relación a la valorización social del libro, a los índices de lectura y comprensión lectora en nuestra sociedad”, potenciando a través de distintas acciones la democratización del libro en nuestro país, como también la creación y producción local. Entre otros aspectos, ésta incluye la modificación de la ley del libro del 93, tema que se trabaja desde los últimos dos gobiernos; propuestas en torno a la lectura y la educación; la elaboración de una ley de bibliotecas; lineamientos en torno a las compras públicas, que entre otros permitirán que los recursos de la nación para la adquisición de libros -por parte de diversos programas- no sigan siendo destinados, en muchos casos, en más del 70% a la adquisición de libros españoles y extranjeros.

Como se trata de una política pública que recupera el sentido social y cultural del libro por sobre su carácter comercial, potenciando una acción conjunta del espacio público y la sociedad civil mas allá de las lógicas del mercado, no sorprende mucho entonces que algunos disparen en su contra sin siquiera conocer la propuesta final.

Primero fue desde El Mercurio y La Tercera. Ahora último desde The Clinic, donde Pablo Dittborn expresa nuevamente su ira visceral, vilipendiando, una vez más, a todos quienes trabajan por la construcción de propuestas concretas que aborden el tema del libro y la lectura desde sus diversos ámbitos, sin reducirlo sólo a la “lectura”. ¿Por qué Dittborn hará sentir su estertorea rabieta? Entendemos que haya hecho muy suyo el afán de hacer crecer la cantidad de “consumidores de libro” luego de sus largos años como funcionario de editoriales multinacionales, pero imaginamos que él bien sabe que el consumo no necesariamente significa lectura, que esta actividad no es sólo para entretenerse, que para construir la sociedad del conocimiento es necesario ocuparse del qué se lee, cómo se lee y desde dónde se lee, como también desde dónde se escribe. Y que para aspirar a una sociedad democrática y con autodeterminación, es necesario romper con el colonialismo cultural que nos domina, potenciando el carácter liberador y crítico de la experiencia lectora, potenciando la producción intelectual local. Que la construcción de masa crítica de lectores y escritores no pasa solo por la calidad y el talento de algunos, no pasa sólo por el emprendimiento personal, individual. Precisamente, esta concepción ha sido el fundamento que ha sostenido la fragilidad endémica de la industria del libro en nuestro país.

Pero, intentando tomarnos en serio estas manifestaciones, también podríamos preguntarnos ¿a qué intereses responden estas descontroladas rabietas de Dittborn?, porque no deja de ser extraño, ya que él, como muchos, fue invitado a participar de la elaboración de la PNLL, y si bien asistió a la primera reunión de la mesa de industria e internacionalización, estuvo allí sólo unos minutos, retirándose “indignado” por el “desorden imperante”. La misma actitud tuvo hace poco en el Observatorio del Libro y la Lectura de la Universidad de Chile, luego de que Faride Zerán asumiera la vicerrectoría de extensión y comunicaciones de la Universidad y pusiera fin a la exclusión en que se encontraban los Editores de la Furia y Editores de Chile; no alcanzó a convocarse a la tercera reunión cuando el mismo Dittborn presenta la renuncia. Y luego, viral cobardía de estos tiempos, disparar a través de sus propios medios, digitales o impresos, y ser absolutamente incapaz de enfrentar una discusión directa, abierta, de frente. ¿Por qué el rechazo al ejercicio participativo, deliberativo, democrático? ¿O es que Dittborn hoy solo cree en la “amigocracia”?…Y podría ser, ya que esta ha sido una tendencia de muchos de los que han estado o han tenido vínculos cercanos con el poder político y económico del país durante estos años, acostumbrándose a que las políticas se elaboran entre conocidos y amigos, dando la espalda a la ciudadanía, garantizando así el pleno resguardo de sus intereses.

Pero, dejando atrás a los rabiosos, lo que sí resulta sorprendente es la carta de la SECH en contra de la PNLL. Con dos consejeros en el Consejo del Libro y la Lectura fueron partícipes de todo el proceso de discusión y elaboración de la política; hoy ellos se manifiesten en contra…, difícil de entender.

Para generar cambios a mediano y largo plazo en el ámbito del libro y la lectura en nuestro país, y en términos más generales para lograr un cambio cultural, es básico entender que apostar por políticas de Estado, por estrategias de mediano y largo plazo, no es lo mismo que extender un pliego de peticiones en defensa de intereses gremiales, como hay quienes mañosamente quieren hacernos creer; los diversos actores locales somos parte de un mismo ecosistema, que difícilmente se podrán multiplicar las capacidades lectoras de la ciudadanía, las posibilidades para pensar y crear, las posibilidades para escribir y publicar, si no se potencia al mismo tiempo la presencia del libro en la vida cotidiana, las capacidades editoriales del país, la posibilidades de acceso al libro chileno, que es lejos más económico que el libro importado. El devenir de creación local y la industria nacional del libro está estrechamente vinculado al devenir de la cultura a nivel local y nacional, de la educación, de los profesores y estudiantes, de sus familias, de los autores, bibliotecarios, libreros, nuevos lectores y de los futuros ciudadanos.

Ante un trabajo tan significativo y contundente como es la Política Nacional del Libro y la Lectura, con un ejercicio de participación democrática que se agradece porque da la posibilidad de hablar, escuchar y debatir, comprobando la riqueza que genera el intercambio y la construcción colectiva, es que esperemos que esta ruidosa espera no haga mella en la voluntad de avanzar con convicción y audacia. Y que más temprano que tarde veamos a la Presidenta presentar esta política para que en su segundo gobierno, con las mismas energías desplegadas en la elaboración de esta propuesta, finalmente se implemente como política de Estado, abriendo para el libro y la lectura un círculo virtuoso que rompa el circulo vicioso que inauguró la dictadura a sangre y fuego, y que luego consagró la lógica neoliberal que impuso el totalitarismo de mercado, del cual me ocuparé en un próximo artículo.

Como dice Jeremy Rifkin en  La era del acceso: “si no se refrenan, las fuerzas comerciales devorarán la esfera cultural, transformándola en fragmentos mercantilizados de entretenimiento comercial, …diversión de pago y relaciones compradas. Perder el acceso a la rica diversidad cultural de miles de años de experiencias de vida sería tan devastador para nuestra supervivencia y desarrollo futuro como la pérdida de lo que queda de nuestra diversidad biológica. Restaurar el equilibrio ecológico entre cultura y comercio es uno de los retos centrales de esta nueva era. Las generaciones futuras tendrán que afrontarlo con la misma pasión y convicción que puso la generación actual en su empeño por equilibrar la economía de la naturaleza y la economía humana.”